Hace unos días un amargo pensamiento llegó a mi cabeza, un pensamiento que me hizo reflexionar sobre la forma de ver las cosas.
Acababa de despedirme de ella, como todos los días, y en el trayecto de su casa a la mía me imaginé perdiéndola.
¿Y si esa fue la última vez que la despedía? ¿Cómo haría para sobrevivir sin sus besos? ¿Dónde guardo las anécdotas, risas y personajes que creamos juntos?
Y de golpe una oscuridad invadió mi cabeza, y cada nueva pregunta detonaba en millones de interrogantes más.
¿Fueron suficientes las veces que le dije que la amo? ¿Y realmente se lo demostré como se merece?
Era tan fuerte ese pensamiento que llegué a creérmelo y unas lágrimas escurridizas trataron de asomar por mis ojos.
¿Cuánto daría por tener aunque sea una última pelea con ella? ¿Podría aguantar sin volver a escuchar su voz?
Cuanto más lo pensaba peor me sentía.
¿Qué tan lejos llegaría sin su sonrisa, sin verla reír, sin mirarla a los ojos y sentir todo lo que siento? ¿Qué tan diferente sería yo sin su presencia, sin la incondicionalidad que me brinda constantemente?
¿Qué hago con todos los besos que tengo para darle, con todo el amor que me quedó guardado, con la cantidad de cosas que podría escribirle?
Y en ese momento sentí como si una piedra impactara contra el cristal de mi corazón y cada pensamiento nuevo hacía que la grieta se fuese resquebrajando más y más.
Un sonido despeja mi mente, un mensaje de texto: “Buenas noches mi vida, te amo con toda mi alma, que descanses”.
Ya todos los pensamientos anteriores se borran, y solo pienso en que la próxima vez que la vea la voy a besar y abrazar tan fuerte como sea posible, pero no como si fuese la última vez, sino como si fuese la primera.
Acababa de despedirme de ella, como todos los días, y en el trayecto de su casa a la mía me imaginé perdiéndola.
¿Y si esa fue la última vez que la despedía? ¿Cómo haría para sobrevivir sin sus besos? ¿Dónde guardo las anécdotas, risas y personajes que creamos juntos?
Y de golpe una oscuridad invadió mi cabeza, y cada nueva pregunta detonaba en millones de interrogantes más.
¿Fueron suficientes las veces que le dije que la amo? ¿Y realmente se lo demostré como se merece?
Era tan fuerte ese pensamiento que llegué a creérmelo y unas lágrimas escurridizas trataron de asomar por mis ojos.
¿Cuánto daría por tener aunque sea una última pelea con ella? ¿Podría aguantar sin volver a escuchar su voz?
Cuanto más lo pensaba peor me sentía.
¿Qué tan lejos llegaría sin su sonrisa, sin verla reír, sin mirarla a los ojos y sentir todo lo que siento? ¿Qué tan diferente sería yo sin su presencia, sin la incondicionalidad que me brinda constantemente?
¿Qué hago con todos los besos que tengo para darle, con todo el amor que me quedó guardado, con la cantidad de cosas que podría escribirle?
Y en ese momento sentí como si una piedra impactara contra el cristal de mi corazón y cada pensamiento nuevo hacía que la grieta se fuese resquebrajando más y más.
Un sonido despeja mi mente, un mensaje de texto: “Buenas noches mi vida, te amo con toda mi alma, que descanses”.
Ya todos los pensamientos anteriores se borran, y solo pienso en que la próxima vez que la vea la voy a besar y abrazar tan fuerte como sea posible, pero no como si fuese la última vez, sino como si fuese la primera.







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